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Reflexiones heréticas


l fanatismo es una abominación que debe erradicarse de las Islas Temblorosas. No podemos permitir que esa impía creencia contamine un alma más. Nos llaman herejes por nuestra falta de fe. Aceptamos ese nombre de buen grado y, es más, nos sentimos honrados por él.

Porque no es herejía decir la verdad. No es herejía levantar la voz contra un señor injusto. No es herejía tomar las armas y actuar en defensa de la auténtica fe. Nos llaman los herejes de las Islas Temblorosas, pero no hay herejía alguna en nuestras palabras. Solo decimos la verdad.

Nuestro señor, Sheogorath, no es más que un hombre. Es de carne y hueso. No es un dios ni, desde luego, un príncipe daédrico. No existen príncipes en los reinos de los daedra, solo viles servidores como los devoradores que convocamos para que hagan nuestra voluntad.

Sheogorath el Falso es un déspota loco. Tras años jugando con la magia negra y tratando con los daedra, se ha vuelto loco. No es un señor digno y mucho menos divino. Pervierte las enseñanzas de Arden-Sul, el que dio la sangre de su corazón.

Cuando la razón de nuestra causa sea conocida entre todo el pueblo, lo expulsaremos de Nueva Sheoth y pasaremos a cuchillo a ese monstruo. Esparciremos sus miembros a los cuatro vientos. Dejaremos su cabeza en la Colina de los Suicidas y quemaremos su corazón en las llamas de la libertad. Sus entrañas serán pasto de los perros.

Haremos que todos los habitantes de las Islas Temblorosas lleven la túnica de los herejes, con las que nos identificamos como genuinos no creyentes. El pueblo volverá a la naturaleza y aprenderá a vivir entre las criaturas salvajes, como hacemos nosotros. Y entonces, al ver la pureza y la sabiduría de la vida que llevamos, nos alabará como salvadores.