Cerca de la guarida de Thoron se encontraba el escenario de una antigua batalla. El suelo estaba sembrado de armas y armaduras de los daedra conocidos como santos dorados y seductores oscuros. De allí fue de donde sacamos las amas, y luego formamos dos compañías de bandidos con sus mismos nombres. Desde entonces, como único herrero de la nuestra, me ha tocado estudiar estos artefactos de otro mundo.
Y ahora, al fin, mis esfuerzos por reproducir el exquisito trabajo de los grandes daedra han dado fruto.
Mi mente ya no es la que era. Si me falla la memoria, al menos estas notas ayudarán a otros a reproducir mis descubrimientos.
Sería una estupidez forjar armas de oro porque es demasiado blando. Y sin embargo, las hojas doradas de los santos son livianas y más duras que el acero. ¿Cómo es posible? Tres técnicas parecen explicar este secreto: primero se refuerza la pieza con piedra lunar refinada. Luego se golpea el oro con un martillo mientras se calienta justo por debajo de la temperatura de fusión. En tercer lugar, se introduce el corazón de un daedra en la forja mientras se calienta la pieza para poder darle forma con el martillo, lo que transforma por completo los atributos del metal y le confiere su extraordinaria dureza.
El proceso utilizado para forjar las armaduras de los seductores es similar, pero requiere mayor delicadeza, pues, a la hora de dar forma a las piezas, hay que combinar el inflexible ébano con el maleable mercurio. La aplicación del calor debe ser muy precisa si no se quiere que el equipo pierda la forma y la integridad. Y como en el caso anterior, hay que introducir el corazón daédrico en la forja mientras se calienta el material.