Se han llevado a padre.
Habían abatido a otros antes, pero los despistaron y lo único que oíamos eran los gritos de padre, y ahora él ya no está. Oh, dioses, ¿por qué no escuché a Mani? La fiebre de padre empeoraba y no dejaba de mascullar sobre los daedra. No sé dónde la ocultaba, pero creo que sé por qué me dejó esta daga.