rastreando a lo que yo llamaba "un rezagado", un asolador de acantilados sin nido, muy vigoroso que me había llevado en una alegre persecución por casi cinco kilómetros de dunas de ceniza. Había conseguido arrancarle un trozo o dos de las alas en una escaramuza previa para que no pudiera ascender mucho, pero aún tenía mucha energía y estaba intentando que me cansara de perseguirlo. Habían pasado casi dos horas enteras y mi zancudo