Os conozco, Ámbar y Locura. Conozco de sobra vuestros secretos.
Ámbar, resplandeciente fruto de una raíz extraña, tu resina me resulta prístina y sagrada. Liviano y poderoso, requieres una mano delicada, capaz de reconocer la naturaleza frágil de la belleza.
Locura, sé que eres de raza híbrida, engendrada a partir de las mentes desgarradas de héroes muertos. Al contrario que Ámbar, a ti te doblaría y estiraría como un tendón. Te golpearía con el martillo para extenderte y plegarte, consciente de que, con cada golpe, se te endurecería la piel y se te afilarían los colmillos.
Fueron hombres con armaduras oscuras los que me trajeron estos regalos, estos acertijos para resolver. "Por cortesía de Thoron", me dijeron. Mentían. No existe Thoron, ya no. Es un recuerdo de un pasado lejano, y los recuerdos son tan reales como los sueños y otras imaginaciones. Pero tenían que ser míos.
Ámbar, tan exquisito y hermoso, como gotas de rocío celeste caído a tierra. Con tus glóbulos de miel me haría yo una armadura que me atrapara para siempre dentro de tu belleza y tu calidez. Me asfixiaría en tu luz y, en la muerte, viviría para toda la eternidad.
Pero Locura, oh, Locura, tú me hechizas con tu filo. Contigo forjaría un cuchillo capaz de cortarle la lengua a Sheogorath, y luego la usaría para sacarle brillo a mi yunque. Qué felices nos haría eso a los tres.
En mi desesperación, he recurrido a la magia para tratar de convertir materiales mundanos en vuestros iguales. He forjado armas y armaduras con la esperanza de encontrar parejas a vuestra altura. Pero no he cosechado más que fracasos. No son dignas ni de estar a vuestra sombra.
Así que tendré que buscar en los bosques y entre los muertos. Enviaré caravanas a buscaros por todos los rincones de Tamriel. Me asomaré al ojo del mismísimo Oblivion hasta que vuelva a encontraros a ambos.